Camino entre edificios altos y a la sombra de grandes árboles; ¡caramba, cuándo en Boyá!, y de pronto, cuando voy avanzando el dolor clava mis piernas, y pienso que diciembre llega a su fin y con él también el año.
Llega otro año en que no pierdo la fe de que algún día llegue al menos la posibilidad de empezar a pensar en detener este robo impune que nos roba hasta el aire que respiramos los dominicanos; donde nada es na' y todo es to'; es entonces cuando me pregunto ¿pero cuándo?
¿Cuándo se detendrá esta sequedad del pensamiento, esta cotidianidad del dominicano que todo lo coge a chercha y todo lo coge a relajo?
¿Cuándo comenzaremos a pensar en la forjación de la necesaria unidad para hacer posible el proyecto de dominicanidad?
Y camino, y sigo caminando, y ¡gracias a Dios que no me caigo!
Pienso que el año que se avecina será otro año más y vuelvo a preguntarme ¿hasta cuándo?
¿Cuándo dejaremos con el año que pronto quedará atrás tanta individualidad, tanta falta de pensar?
¿Cuándo, desde cualquier bando, no nos atrapará el deseo de depredar desde que llegamos al cargo público o privado?
Ayer, ayer impotente observé cuando un diputado pagaba en una caja de Plaza Lama 50 mil pesos en bebidas alcohólicas, seguramente para pasar a cuerpo de rey su Navidad.
Pero no es solo ese diputado, miserable en espíritu y verdad, quien actúa de esa manera. Somos la generalidad de los dominicanos (excusas a las inevitables excepciones). Somos esa cosa que a un iluso llamado Duarte se le ocurrió calificar de dominicanidad.
Pienso en esa miseria de espiritualidad.
Pienso en esa "dominicanidad", pienso en que es esa miserable dominicanidad la que no nos deja ni siquiera pensar (Tony Pina)

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